“Los niños no destetados de los tzotziles chamulas, cuando mueren son envueltos en un manto y colocados en un gran árbol en el cielo. Este árbol tiene muchos pechos de mujer, y de ellos están mamando constantemente los niños. Este bendito paraíso infantil debe ser el mismo que describe Landa bajo la ceiba, y forma un delicioso ejemplo de imaginación poética” (Thompson: 364). Más que eso el gran amor que por sus seres queridos sentían y el “excesivo temor a la muerte y lo mostraban en que todos los servicios que a sus dioses hacían no eran por otro fin ni para otra cosa, sino para que les diese salud y vida y mantenimientos. Pero ya que venían a morir, era cosa de ver las lástimas y llantos que por sus difuntos y la tristeza grande que les causaban” -dice Landa (1938:138)- el cual continúa de manera patética describiendo las manifestaciones de dolor que experimentaban los deudos. Ante su temor a la muerte, los mayas en general -y los yucatecos en particular- ponían en práctica penitencias y mortificaciones increíblemente crueles y sangrientas a costa de las partes más sensibles de su propio organismo y, eso no obstante, se antoja paradójicamente incomprensible que cedieran para la inmolación a sus propias criaturas. Refiriéndose a la donación de estas víctimas anota Thompson (222) “El más horrible fue el caso de una muchachita amarrada a un palo y azotada hasta morir a golpes en el pecho con una rama de ceiba espinosa llamada POCHOTE (Ceiba aesculifolia), en yucateco PIIM. “Lo anterior fue revelado en el auto de fe de 1562 para averiguar las recaídas en el paganismo” y en el que se relataron sacrificios similares, como el de un “joven de dieciocho años, bellamente vestido y cubierto de flores, a quien habían amarrado a un palo y sacado el corazón” (Ibid. 222). “En Chichén Itzá, las víctimas, por lo general niñas, eran arrojadas todavía vivas o ya con el corazón arrancado. Los adultos y adolescentes arrojados vivos, se entendía que iban a platicar con los Chacs, los dioses de la lluvia, en el fondo del cenote” (226)... “Los dioses de la lluvia de toda Mesoamérica... tenían predilección por los niños; de ahí que les sacrificaran tantos. Como sucedía con los Tlalocs, los dioses de la lluvia de los pueblos que habitaban el centro de México, a los dioses de la lluvia mayas probablemente les gustaban todas las cosas pequeñas” (Ibid, 227) (...) Sacrificaban niños no sólo a los Chacs, que se perecían por ellos, sino también en gran número en otras ceremonias, y no dudo que se debería a que eran vírgenes, ZUHUY” (Ibid. 231). Y como ya lo hemos visto: lo semejante llama a lo semejante, a los niños era muy fácil hacerles llorar a que derramaran abundantes lágrimas, líquido similar al que se buscaba o pedía a los dioses: el agua para el riego de y el logro de los mantenimientos”. Nada de los anterior quiere decir que los mayas y demás pueblos fueran desalmados; los que donaban a sus hijos para el sacrificio tenían la firme convicción de que irían al paraíso maya y eso, sin pasar por las manos de Kisín ni por las aguas donde los perros del averno podían acabar con ellos, sin nadie que los defendiera; sin detenerse, en su camino hacia el más alto de los cielos, en esa especie de purgatorio que debería sufrirse previamente; en esto el doctor Thompson ve cierta influencia de las creencias judeo-cristianas. En las siguientes papeletas relativas a esta sección, no podríamos, aunque quisiéramos, guardar el cierto orden alfabético que intentamos en las otras secciones; el proceso de la concepción, el embarazo, el parto y la atmósfera perinatológica del producto, nos obligarán a disponer las cosas según el orden de la Naturaleza y no el gramatical. 519. LA PAREJA MAYA MAYAPÁNICA Y POST/MAYAPÁNICA. “Que antiguamente se casaban de 20 años y ahora de 12 o 13 y por eso ahora se repudian más facilmente, como que se casan sin amor o ignorantes de la vida matrimonial y del oficio de casados; y si los padres no podían persuadirlos de que volviesen con ellas, buscábanles otras y otras” (...) “Que aunque era tan común y familiar cosa repudiar, los ancianos y de mejores costumbres lo tenían por malo y muchos habían que no habían tenido sino una (mujer) la cual ninguno tomaba (en la familia) del padre, porque era cosa muy fea entre ellos...” (Exogamia)”...Los padres tienen mucho cuidado de buscarle con tiempo a sus hijos, mujeres en estado y condición, y si podían, en el mismo lugar....” (...) “Y venido el día se juntaban en casa del padre de la novia y allí, aparejada la comida, venían los convidados y el sacerdote y reunidos los casados y consuegros trataba el sacerdote cuadrarlos y si lo habían mirado bien los suegros y si les estaba bien y así le daban su mujer al mozo...” (...) “Y de allí en adelante quedaba el yerno en casa del suegro; y si no lo hacía echábanle de la casa”. En cuanto a la mujer casadera Landa lo dice todo en el título del capítulo XXXII de su obra, título del que transcribiremos lo relativo al parte solamente: “CASTIDAD Y EDUCACIÓN DE LAS INDIAS DE YUCATÁN.- SUS RELEVANTES CUALIDADES Y SU ECONOMÍA.- SU DEVOCIÓN Y ESPECIALES COSTUMBRES EN SUS PARTOS” (...) “Para sus partos acudían a las hechiceras, las cuales les hacían creer sus mentiras y le ponían debajo de la cama (?) un ídolo de un demonio llamado IXCHEL, que decían era la diosa de hacer las criaturas” / “Nacidos los niños los bañan luego y cuando ya los habían quitado del tormento de allanarles las frentes y cabezas, iban con ellos al sacerdote para que les viese el hado y dijese el oficio que habían de tener y pusiese el nombre que habían de llevar el tiempo de su niñez, porque acostumbraban llamar a los niños por nombres diferentes hasta que se bautizaban eran grandecillos; y después que dejaban aquéllos, comenzaban a llamarlos (por) el de los padres hasta que los casaban, que (entonces) se llamaban (por) el del padre y la madre”. Así surgirían los nombres iniciados con el morfema NA' (madre) y a continuación el apellido de ésta y enseguida el del padre; NA'CHI'COCOM (hijo de una madre CHI y de un padre COCOM; NA'BALAM CANUL, hijo de una Balam y un Canul. Este modo de llamarse permitía que se realizara cuidadosamente la exogamia, evitando unirse sexualmente con un miembro de las fatrias de que procedían.
Una vez ligado el muñón umbilical, se le acercaba una braza al rojo, con lo cual se iniciaba la desecación del muñón y, al mismo tiempo, se evitaban ciertas infecciones; la “cura” del ombligo seguiría haciéndose diariamente (POK TUCH) hasta su desprendimiento y su entierro en las cenizas del fogón; en cuanto a la placenta era enterrada, entre los mayas yucatecos; en otras etnias era arrojada a quemarse en una pira y en algunas se le enterraba profundamente entre las tres piedras del K'OBEN y se hacía una gran lumbrada de leña resinosa como el CATSIN. Dice una conseja que el maya siempre regresa o nunca se aparta de la aldea en cuyo fogón fue enterrado su TUCH.
En la actualidad las comadronas practican el acomodamiento de los huesos de la cabeza del recién nacido, sin aguardar a que la presión intercraneana del líquido cefalorraquídeo los sitúe en su posición natural y lógica, a esto llaman “arreglar la cabecita” , sin que esto ni el llamado “allanaminiento” tengan que ver con el tamaño y la forma de la cabeza en la edad adulta. Ahora bien, Landa dice: “...y la tenían allí padeciendo (a la criaturita) hasta que acabados algunos días les quedaba la cabeza llana y ENMOLDADA COMO LA USABAN TODOS ELLOS”. ¿Cuánto serían esos “algunos días”? La tablilla que comprimía la parte anterior de la cabeza no debía rebasar hacía abajo los huesecillos propios de la nariz, pues de otro modo, si la boca no quedaba libre para la succión, ¿cómo se las arreglarían para dar de mamar al recién nacido? Por otra parte, ¿se haría lo mismo a varones que a mujeres y así a la gente del común como a los vástagos del núcleo dirigente guerrero sacerdotal? ¿Se haría lo mismo de modo general, el artificio de lograr una cabeza puntiaguda y “ahuesada”, como la llama el doctor Thompson lo mismo a hombres que a mujeres?¿Tanto a unos como a otros se les colocaría la pelotita en el entrecejo que, a fuerza de mirarla los hacía estrábicos? Hay pruebas arqueológicas del amoldamiento puntiagudo de la cabeza como se ve en un grabado de la “Cabeza del dios del maíz” que, tomada en fotografía de la estela I de Bonampak por el antropólogo Raúl Pavón Abreu, figura en la página 32 de la obra de Thompson ya citada. En cambio otra pieza arqueológica tomada del British Museum y que representa al dios del maíz también, no presenta la cabeza ahuesada. (Lam. 13. Ibid). Por otra parte EK-CHUAH se ve en la Lem. 11, “dios de los mercaderes, con su nariz de Pinocho y su labio inferior saliente”. Según aparece en el Código de Dresde” (Ibid). Todas las prácticas descritas desaparecieron con la Conquista y aparecieron otras. He escuchado en algún encuentro de mayistas que la forma “ahuesada” de la cabeza era exclusiva de los varones de todos los niveles sociales, como una preparación para lograr que sobresaliera el vértice del cráneo, lugar de donde debería de partir el grueso manojo de cabellos que los varones adultos se dejaban crecer y ataban verticalmente a manera de penacho; aún hubo quien opinara que entre los núcleos indígenas de América, los componentes de las diversas etnias tienen un solo “remolino” en todo el cuero cabelludo y dicho “retorcimiento en redondo del nacimiento” de la cabellera es siempre central¸a mí me parece que eso es lo normal en cualquier miembro del género humano y que la anomalía es poseer más de un remolino; en cuanto a que este último ocupe siempre el centro de la bóveda craneana, es cosa que a veces parece apartarse de la generalidad y ubicarse lateralmente, sitio donde tanto hombres como mujeres iniciaban, al peinarse, la llamada “vereda o raya” de la cabellera. b) La otra versión es la de que el “ahuesamiento” de la cabeza se hacía sólo en los varones y constituía una anticipada preparación para la guerra, es decir, para la apariencia del guerrero, que lo serían todos los varones a partir de determinada edad, pues nunca hubo, que se sepa, un ejército permanente en cada centro ceremonial o ciudad-estado, a no ser la guardia pretoriana que, en su tiempo, hicieron venir del altiplano los gobernantes de Mayapán, particularmente los Cocomes.
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